Este ha sido un viaje que empecé con 36 años, pero me ha llevado a vivir experiencias que han sacado a mi niña interior, mi energía de adolescente y mi lado maduro como adulta. No he viajado sola, porque mis otros “yo” han estado muy presentes.
Comencé en Colombia en enero del 2022, país que visité por 5ta vez, ya que tengo una familia de amigos que siempre me recibe con los brazos abiertos. Luego, viajé por primera vez a Puerto Rico, con la ilusión de bailar los ritmos de Ricky Martin, Chayanne y “Despacito”, pero terminé bailando reggaetón, que es la música que predomina en estos tiempos. Aquí conocí a 2 mujeres encantadoras que me alojaron en sus casas, y una de ellas me adoptó como su ahijada, así que ahora tengo una madrina boricua.
Desde Puerto Rico continué hacia los Estados Unidos. Llegué primero a Miami, luego a Orlando, donde visité Disney y mi niña interior se apoderó del viaje. Rejuvenecí 30 años, y dejé fluir a mi yo de 6 años. No podía creer la emoción que sentí al ver a los personajes de Disney, al punto de llorar. Me divertí a lo grande y me reconcilié con la ternura de mi lado infantil. Pero, la ciudad que siempre había querido visitar era New Orleans, porque me encanta el jazz y el blues, así que allí todo fue como lo esperaba y mejor. Seguí el recorrido hacia Nueva York, y terminé en Boston con un partido de la NBA.
Hasta aquí el viaje iba marchando según lo planeado. Las noticias hablaban de la guerra Rusia – Ucrania, y me preocupaba porque tenía un vuelo hacia Estambul con conexión en Moscú. Mi tercer viaje a Turquía era importante porque tenía que ir a cerrar una historia, para seguir con mi viaje tranquila y a mi manera. La aerolínea canceló mi vuelo, entonces tuve que buscar alternativas económicas para llegar a Estambul desde Estados Unidos. Fue así como decidí viajar a Alemania (que no estaba en mis planes) para hacer conexión, pero aproveché para viajar por 20 días en este país.
Volví a Estambul después de un año y medio, me reencontré con las personas que quería ver, cerré capítulos y continué mi viaje hacia mi siguiente destino: Rumania. Al llegar a este país, me puse en la tarea de encontrar a los gitanos, hasta que me di cuenta que el concepto que siempre había tenido de los gitanos artistas era muy diferente a la realidad, ya que en Rumania son una comunidad mal vista y estigmatizada por su comportamiento «inadecuado». Un ejemplo de la experiencia de viajar para conocer la realidad y reducir la ignorancia. Rumania me sorprendió por el orgullo que tienen por las historias de Drácula, que han sabido usar muy bien para su marketing turístico.

Crucé de Rumania a Serbia en bus. Fue muy fácil llegar a la primera ciudad, con la sensación de haber estado antes en este lugar. Los serbios me sorprendieron por ser muy amigables y nacionalistas. Aquí empecé mi recorrido por los países de los Balcanes, una zona que ha vivido muchas guerras y separaciones, así que me puse en modo esponja para aprender sobre su historia y diferencias culturales.
Visité Macedonia del Norte, Bulgaria, Albania, Kosovo, Montenegro, Croacia y Bosnia y Herzegovina, donde lo interesante fue conocer las diferentes versiones de una misma historia marcada por identidades étnicas, nacionalismos y conflictos de nunca acabar. Aprendí el verbo “balcanizar” que significa “fragmentar un país en estados más pequeños”. Esto me hizo pensar mucho en la resiliencia de estos países, que han vivido en guerra por años y actualmente todavía conviven con tensiones por conflictos.
Al ser latinoamericana, me sentí libre de opinar sobre sus diferencias y siempre fui bien recibida en cada país. Adopté algunas comidas típicas como el burek y kebab, aprendí a tomar rakia, e intenté entender algo del alfabeto cirílico.
Solo había un país que no podía visitar en los Balcanes porque necesitaba visa: Kosovo. Sin embargo, el universo me mandó señales claras para viajar de manera “alternativa” aferrándome a mi intuición. De esta forma logré cruzar la frontera “a mi suerte”, tomando el riesgo de ser o no controlada por migraciones. Así visité Kosovo y empecé una relación a distancia con un kosovar. Una historia que duró poco, pero tuvo la suficiente dosis de drama para ser propuesta en el Museo de las Relaciones Rotas en Croacia. Luego de esta experiencia marcada por diferencias culturales, entendí el por qué el universo me hizo viajar a este país.

El mejor momento de este viaje fue mi visita a Grecia, el destino elegido para recibir mis 37 años. Cada día en tierras helénicas fue un sueño: todo fluyó con armonía y me sentí emocionada recordando mis clases de historia del colegio, sobre todo de mitología griega. Debo admitir que a veces me sentí como una Afrodita, atrayendo miradas desde mi tímida seducción. O el hecho de ver tantos atardeceres mágicos me mantuvo confundida entre la realidad y fantasía. Grecia despertó a mi yo adolescente, que solo quería celebrar sin control. Y es que en este país la gente disfruta de la vida, y me dejé llevar.
En los últimos meses del viaje me sentí muy cansada y aburrida, porque lo veía todo igual. Parecía que estaba viajando en piloto automático y no me gustaba esa sensación. Pero me faltaba visitar 2 países más para cumplir con mi objetivo. Así, con esa actitud llegué a Eslovenia, un país pequeño al que solo dediqué 2 semanas haciendo actividades mínimas para recuperar mi energía.

El cierre del viaje fue en Italia, mi país #42, que recorrí de norte a sur en 38 días. Me dediqué a visitar las ciudades más turísticas a paso lento, incluso hubo días en que solo me quedé en la cama. En mis 12 años viajando sola nunca había experimentado un nivel tan alto de agotamiento, y mis ganas de volver a Perú nunca habían sido tan intensas como en este viaje.
Viajar sola te da la oportunidad de conocerte a tí misma. En mi caso, ya sé que me motivan los lugares exóticos, auténticos y desafiantes. Si me dan a elegir entre viajar a Francia o La India, prefiero la aventura que la comodidad.
Al viajar sola hay que sentir. Guiarse por la intuición, el sentido común y las señales del universo. Los planes deben ser una guía pero no un mandato, porque cuando no somos flexibles nos estresamos y dejamos de disfrutar. Cada viaje te hace más fuerte y sabia, y lo bonito es compartir esos aprendizajes con otras mujeres.
Este ha sido un viaje con mucha sororidad. Me he cruzado con 7 mujeres de mi país que también viajaban solas, y lo más gratificante ha sido conectar, verlas decididas y sentir que cada vez somos más.
Respondo algunas preguntas que se deben estar haciendo:
1. ¿Cómo pude viajar tanto tiempo sola?
Soy nómada digital, mi trabajo es 100% remoto entonces solo necesito conexión a internet para trabajar desde cualquier lugar del mundo. Soy comunicadora, trabajo como consultora en relaciones públicas desde hace más de 10 años.
2. ¿Cuánto gasté en el viaje?
Viajo de manera económica, todo lo organizo yo misma sin tours ni agencias.
- Hospedaje:
En el 70% del viaje me he alojado en hostel en habitación compartida.
Lo más barato en Bulgaria: 8 euros por noche
Lo más caro en USA: 60 USD por noche
En el 30% del viaje usé Couchsurfing y Host a Sister, formas de alojamiento gratuito en casa de locales como hospitalidad.
- Transporte:
En el 80% del viaje usé transporte terrestre de todo tipo: buses, trenes, Blablacar (auto compartido). En las ciudades siempre he usado transporte público, poquísimas veces taxis.
Para cruzar de un país a otro he gastado entre 20-40 dólares.
- Alimentación:
La mayor parte del viaje fue en los Balcanes donde el costo de vida es bajo. En promedio gasté 20-25 USD diarios en restaurantes.
3. Idioma
Manejo inglés y uso Google Translator.
4. ¿Quién me tomó las fotos?
Extraños a mi alrededor, principalmente turistas. Algunas fotos fueron tomadas por 10 personas diferentes, hasta que me gusten 🙂
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