Este viaje empezó con una duda: ¿es Panamá parte de Centroamérica o Sudamérica? De acuerdo a la referencia geográfica, pertenece a Centroamérica, pero los centroamericanos no lo consideran así. Y es que Panamá tiene mucho orgullo por tener la puerta grande que une a 2 océanos a través de su impresionante canal, y una identidad confusa porque históricamente nunca fue parte de la “hermandad centroamericana”.
Cuando llegué a Ciudad de Panamá, lo primero que me llamó la atención fue el contraste entre el Casco Antiguo con su arquitectura colonial, y la zona moderna con un paisaje de edificios frente al mar. Mi paso por Cartagena en Colombia, me había dejado acostumbrada a la cultura caribeña, así que en Panamá me sentí familiarizada con su ambiente de altas temperaturas y energía desbordante. Estuve una semana en la capital, donde casualmente, por esos días, inauguraron la ampliación del emblemático canal, entonces pude disfrutar de las celebraciones con la bandera panameña en mano.
Continué mi recorrido hacia el archipiélago de San Blas, un verdadero paraíso con islas de todos los tamaños, habitado por la comunidad indígena de los Guna. Recuerdo que, estaba sola con mi carpa en una de las islas pasando una noche de terror con tormenta eléctrica, tenía mucho miedo, hasta que unas personas me invitaron a unirme a su carpa. Así, llegó el amanecer y un hermoso día en las playas más espectaculares que había visto en mi vida.
Mi viaje en Panamá continuó con 2 semanas instalada en Bocas del Toro, un conjunto de islas cerca a Costa Rica, donde estrené mi “oficina” frente al mar trabajando como nómada digital. En ese momento (2016), tuve que lidiar con las personas de mi hostel que estaban de vacaciones y no entendían que yo estaba trabajando.
Desde allí, tomé un bus hacia San José en Costa Rica, a donde llegué con los ojos verdes, por haber estado por horas pegada en la ventana viendo los diferentes tonos de la vegetación que me acompañó en el camino. En la capital tica, me esperaba una amiga que había conocido cuando viví en Buenos Aires, quien me hospedó en su casa e hizo la respectiva introducción al lenguaje local.
La característica pronunciación de la “erre tica” y el “voseo” era algo que no me lo esperaba. De inmediato, adopté la icónica frase de “pura vida” para saludar a las personas, mientras mi estómago se adaptaba a los “casados” y gastronomía local.

Costa Rica promociona mucho su naturaleza y el Parque Nacional Manuel Antonio es una parada obligada. Era la primera vez que estaba en un bosque tropical donde pude ver monos en su hábitat. Me quedé una semana en un hostel al lado del parque, el cual tenía una cocina abierta y refrigeradoras tapadas con bloques de piedra y ladrillos. Esto me parecía muy raro, hasta que me explicaron que una “pandilla de mapaches” entraba por las noches a robar la comida. No había dimensionado que estaba en medio de la naturaleza y tenía como vecinos a “peligrosos delincuentes” con largas colas.
Se acercaba el 28 de julio, el Día de la Independencia del Perú, una fecha en la que extraño estar en mi país. Había llegado a la Fortuna, un pequeño pueblo resguardado por un imponente volcán, donde puedes hacer caminatas hasta el cráter (ahora laguna), y terminar tu día relajada en un río de aguas termales.
Pero había otra fecha importante que se acercaba: mi cumpleaños. Estaba muy emocionada porque iba a recibirlo por primera vez con clima caliente, ya que siempre estuve en el hemisferio sur y en agosto es invierno. La playa Tamarindo en el Pacífico, fue el destino elegido para la llegada de mis 31 años, donde pasé todo el día sola, respondiendo los saludos virtuales de mi familia y amigos. En la noche, me acordé que llevaba en mi mochila una botella de fernet (lo adopté por haber vivido en Argentina), así que me preparé un fernet con cola, mientras escuchaba acento argentino a mi alrededor. Me acerqué a unas chicas argentinas y les dije que era mi cumpleaños y tenía una botella de fernet, palabras mágicas para hacer nuevas amistades. Luego, se unieron unos portugueses que me cantaron el feliz cumpleaños en su idioma y terminamos haciendo fiesta un lunes. Es que cuando viajas te olvidas de los días de la semana y tu mente adopta un nuevo orden para el tiempo.
Mi ruta de viaje por Centroamérica causaba reacciones de asombro, preocupación e intentos de ponerme en alerta máxima. Casi todas las personas me decían que no valía la pena visitar Nicaragua, ni los países al norte, por ser peligrosos y sin atractivos turísticos. Dudé un poco sobre continuar, pero pesó más mi curiosidad por descubrir la realidad.
En una travesía que incluyó traslado en lancha, bus y taxi, llegué a San Juan del Sur, el pueblo playero y epicentro de la fiesta en Nicaragua. Aquí, en mi primera salida nocturna, conocí a un local con quien bailé una bachata y empecé un romance de verano.
Mi viaje siguió hacia Granada, la ciudad colonial más pintoresca del país, donde a pocos kilómetros pude ver por primera vez el interior de un volcán activo. Esa lava ardiente, capaz de mover el suelo, era todo lo opuesto a mi historia con el nicaragüense que se iba apagando sin dejar cenizas. Nos volvimos a ver para despedirnos y él lo hizo a su manera: cantándome la canción “La Media Vuelta” (te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo…).

Y como continúa la canción… “yo quiero que te vayas por el mundo, y quiero que conozcas mucha gente”, le hice honor a la letra. Seguí mi viaje hacia la capital Managua, la isla de Ometepe y León. Nicaragua, la tierra de los volcanes, fue una bonita sorpresa que me llevó a entender la subjetividad de lo “peligroso”, ya que me sentí segura y pude contradecir a las opiniones negativas.
El cruce de la frontera terrestre entre Nicaragua y El Salvador fue un capítulo que parecía inspirado en el programa “Alerta Aeropuerto”. Me bajaron del bus para un control de antinarcóticos, ya que por tener pasaporte peruano y viajar sola, tenía el perfil perfecto de narcotraficante. Luego de un exhaustivo interrogatorio con los policías que se centró en las razones por las que viajaba sola, y tras haber revuelto la ropa de mi maleta, me dejaron continuar con mi viaje.
El país más pequeño de Centroamérica es uno de los más estigmatizados por la violencia. Cuando llegué a San Salvador, lo primero que me impactó fue ver a los trabajadores de seguridad armados con rifles de guerra y el rostro cubierto, lo cual me confundió entre sentirme segura o en peligro.
Cuando viajo, siempre me gusta usar el transporte público, para ver la realidad de cómo vive la gente local, además de ahorrar. En los buses urbanos pude sentir la hospitalidad de los salvadoreños, quienes se preocupaban mucho por ayudarme a bajar en el lugar correcto. Una actitud escasa en países muy turísticos, pero característica predominante en aquellos – como El Salvador – que no reciben muchos turistas.
Recorrí los pueblos de la Ruta de las Flores, donde me enamoré de sus artesanías y de la nobleza de su gente. Pero el pueblo que nunca olvidaré en este país es Suchitoto, probablemente el más visitado por su arquitectura, pero para mí el más interesante por su historia protagonizada por mujeres.
Y es que en Suchitoto se desarrolló la guerra civil más devastadora de El Salvador, donde murieron miles de personas, sobre todo hombres. Esto dejó a la mayoría de su población como viudas, quienes tuvieron que reconstruir su vida con mucho esfuerzo en un país con oportunidades limitadas para las mujeres.
Cuando llegué a este pueblo, lo primero que me dijeron fue: aquí gobiernan y lideran las mujeres. Me explicaron que tenían una alcaldesa, las escuelas a directoras y los negocios también eran de mujeres. Tras unos pasos, encontré el Museo de la Mujer, donde me detuve a informarme sobre las historias de mujeres locales que habían aportado en la reconstrucción post guerra.
Así, encontré la historia de la última purera del pueblo, las parteras, las emprendedoras que han impulsado cooperativas de mujeres, y las activistas por los derechos que faltan conquistar. Me quedé unos días en Suchitoto para encontrar a estas mujeres, entrevistarlas y hacerles fotos; porque sus historias eran pura inspiración para difundir.
En esta parte del viaje tuve un paréntesis, ya que por trabajo tuve que viajar a Colombia (trabajaba remota para una empresa con proyectos en este país) y quedarme 3 meses. Pero retomé de inmediato mi recorrido centroamericano en Honduras.
Creo que lo poco que sabía sobre este país estaba relacionado con la palabra “maras” y auspiciado por mi ignorancia. Sin embargo, descubrí que Honduras también era “caribe”, “buceo”, “paisajes” e “historia”. Recibí el año nuevo en Tegucigalpa, donde me quedé pocos días; luego me trasladé a Utila, la playa menos turística que su vecina Roatán, que se convirtió en el lugar de mi bautizo buceando entre los arrecifes de coral del mar caribeño. Cerré mi visita a este país en Copán, conociendo una de las pirámides maya más impresionantes y hablando de los Incas para explicar de dónde venía.
Desde aquí, tomé el transporte hacia Antigua Guatemala, ciudad que fue mi base por un mes, ya que por la logística de mi trabajo (buen wifi), era mejor hacer visitas a otras ciudades los fines de semana.
Encontré a este país muy parecido a Perú, por mantener su cultura ancestral viva, algo difícil de ver en tiempos de globalización. Visitar los diferentes pueblos de Guatemala fue entender la identidad de sus mujeres a través de su vestuario. Y, debo admitir que, tuve una fijación visual, casi hipnótica con sus huipiles, y una admiración profunda cuando me enteré del proceso del bordado de sus diseños únicos.

Recorrí con mucho entusiasmo el colorido mercado artesanal en Chichicastenango, exploré con nostalgia Quezaltenango conociendo su historia de resiliencia, aprecié el contraste cultural en Ciudad de Guatemala, y en mi último fin de semana, me relajé frente a las cristalinas aguas del lago Atitlán.
Pero dejé un lugar especial para el final de este viaje, una visita que había preparado en mis sueños, con un encuentro imposible que solo podía existir en mi imaginación: los Incas con los Mayas reunidos en un mundo paralelo.
Las pirámides de Tikal, con su ubicación escondida entre la selva, tienen esa misteriosa personalidad que te invita a imaginar el pasado. Un lugar donde puedes conectar tu alma viajera con una historia que aún no ha sido descubierta.
Este viaje por Centroamérica que empezó con una duda, terminó con muchas respuestas. Porque viajar sola, se trata de experimentar en primera persona la realidad de cada lugar que visitas para sacar tus propias conclusiones.
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