Les cuento un secreto: Hace 2 años, había viajado más en otros países y no en el mío (Perú). Pero a finales del 2021, esta historia se invirtió.
Dediqué casi un año a viajar por mi país, y llegué a la conclusión de que había estado buscando nuevas experiencias en lugares lejanos, cuando mi país lo tenía todo.
La primera vez que vi un bosque tropical fue en Costa Rica, cuando en Perú tenemos una extensa amazonía. Mi primer trekking en montañas con lagunas fue en la Patagonia Argentina, cuando en mi país tenemos la Cordillera Blanca en Huaraz con lagunas y nevados perfectos. Viajé hasta la India en busca de mi camino espiritual (muy cliché), y al volver a Perú me encontré con cientos de extranjeros viviendo en el Valle Sagrado (Cusco) como refugio de paz y sanación.
Viajé sola durante varios meses en mi país, para descubrir su diversidad pero también para romper los prejuicios que tenía. A veces pensamos que todo lo bueno viene de afuera, y nos olvidamos de mirar a nuestro alrededor.
Cusco, mi ciudad favorita, fue el punto de partida. Pero, esta vez, quise experimentar la vida rural a más de 4000 metros sobre el nivel del mar. Conviví 4 días con la comunidad Qeros, considerados como los últimos descendientes de los Incas. Aprendí de sus tradiciones y me tuve que adaptar a sus precarias condiciones como: dormir en el suelo cubierta con pieles de alpaca, aguantar el frío extremo y beber agua de riachuelo. Cada día pensaba en lo afortunada que era por tener una cama cómoda y caliente en casa.

Me convirtieron en madrina de corte de cabello de una niña y participé en su fiesta de carnavales. Siempre me trataron como extranjera, a pesar de repetirles que soy peruana como ellos. Aquí, me di cuenta de que su visión del mundo se limitaba a sus montañas y la mía sobrepasaba las fronteras. Pero, definitivamente, su conocimiento ancestral superaba a toda la historia que había aprendido en mis 12 años viajando por el mundo.
Desde Cusco volé hacia Tarapoto, en la selva alta peruana, donde me instalé durante un mes y medio en una casa hospedaje de una familia local. La dueña del lugar era una mujer de 94 años, a quien terminé adoptando como abuela y/o ella me adoptó como nieta, o nos adoptamos a la vez. Aquí recibí mis 36 años, cantando en karaoke con mi “abuela” sus canciones favoritas de Nino Bravo.
En esta región, descubrí la vida al lado de ríos caudalosos, la humedad del clima tropical, verdes montañas indomables y personas con un fuerte valor de honestidad.
Seguí mi viaje hacia Chachapoyas y Cajamarca, bajé a la costa en Trujillo, volví a los Andes en Huaraz, y me quedé perpleja por la belleza de las montañas con nieve cuando crucé hacia Huánuco.

Visité la única colonia austro-alemana en el mundo, en Oxapampa; y muy cerca a la comunidad nativa Ashaninka, en Villa Rica. Qué increíble que en pocos kilómetros pude experimentar 2 mundos tan distintos.
Era el mes de octubre cuando llegué a Huancayo, la tierra de los mates burilados y las papas. Aquí, recorrí algunos mercados intentando aprender los nombres de los diferentes tipos de papas (más de 100), pero no lo logré.
Hay una ciudad en Perú que parece que nadie visita y estaba muy entusiasmada por descubrirla. Con mi curiosidad al máximo, llegué a Huancavelica, el lugar con la gente más noble y amable que encontré en mi viaje; donde todo es tradicional, auténtico y no armado para los turistas. También, es la región más fría y pobre del país.
Perú tiene muchos contrastes. Las ciudades de la costa son las más desarrolladas y con oportunidades, mientras que en la sierra la gente lucha por sobrevivir.
Continué mi travesía hacia Ayacucho, la ciudad que me atrapó por sus artesanías y el sentimiento de patriotismo de sus pobladores. Aquí se dio fin a las guerras de independencia hispanoamericanas y se consolidó la República del Perú.
Llegar a mi siguiente destino fue una odisea, por irregularidades en el transporte. Era la última ciudad de mi recorrido y el lugar elegido para vivir una aventura extrema.
Abancay, en la región Apurímac, me recibió con su característico ambiente calmado, justo lo que necesitaba para prepararme para el trekking de 4 días en Choquequirao. Lo iba a hacer sola y sin guía, lo cual representaba un gran reto por mis limitaciones para caminar en las montañas.
En total son 62 km ida y vuelta, empezando a los 3000 m.s.n.m de bajada hasta el cañón del río Apurímac, luego se sube una montaña empinada para llegar a la ciudadela incaica, conocida como “la hermana de Machu Picchu”.

Es un solo camino, así que es difícil perderse. También hay alojamiento y comida en algunos puntos, con lo cual no es necesario llevar carpa ni alimentos. Mi experiencia fue de mucha introspección, con altas dosis de adrenalina y agotamiento en el último día. Recuerdo lo que me dijeron: Olvidarás Choquequirao, pero no el camino.
Luego de haber logrado este objetivo volví a Cusco, muy orgullosa por haber alcanzado 21 de los 24 departamentos (regiones) que tiene Perú. Ahora puedo decir, que conozco más mi país que cualquier otro.
He viajado sola a más de 50 países y visitado cientos de ciudades, pero hay un lugar al que nunca he ido sola, y es Machu Picchu.
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