Viajar es mi fuente de motivación, aprendizaje, transformación y empoderamiento. Desde el 2010 estoy comiéndome el mundo en porciones equivalentes a mi curiosidad y al hambre por descubrir la realidad de lugares que considero retadores. Pero a finales del 2022, luego de mi viaje de 11 meses en los Balcanes, la vida me quiso detener cuando me diagnosticaron diabetes tipo 2.

En ese instante, cuando vi mis resultados del laboratorio, lo primero que pensé fue: “ahora no podré viajar más”. Esto me sumergió en días de depresión y tristeza, con estallidos de negación de mi nueva condición de salud, y una despedida dolorosa de los hábitos de alimentación que venía sosteniendo a mis 37 años.

Comiendo en restaurante en Roma que fue locación de
la película Comer, Rezar y Amar.

Como en un proceso de catarsis con mi “ex versión saludable” empecé a buscar a los culpables de mi situación. Quizás fue Serbia, el país que me obsesionó con la torta de 3 leches con caramelo que comía a diario como postre durante mi visita a este país. O Macedonia del Norte, con sus deliciosos bureks de queso y carne que buscaba religiosamente para mis desayunos. ¿O acaso fue Grecia? donde el yogurt griego con miel del monte Olimpo conquistó mi paladar endulzando mis días en tierras helenas. Pero, creo que la verdadera responsable de mi situación fue Italia, donde imaginé que era la protagonista de Comer, Rezar y Amar, y devoré pastas, pizzas y helado de pistacho sin ninguna pizca de culpa. Es que a este país se viene a comer y a engordar el alma.

En mis días de duelo recordé algunas posibles señales de mis altos niveles de glucosa durante ese último viaje como: mi inesperada condición de magnetismo para los hombres jóvenes, quienes creo que me veían como una golosina andante, y las reiteradas veces que me “etiquetaron” como una mujer muy dulce. En realidad, no necesitaba un examen de laboratorio para saber lo que me estaba pasando, ya que las señales eran claras.

Famosa pizza margarita en Nápoles.

Entre las ideas más alucinantes que tuve para sobrellevar mi condición, pensé en hacer un pacto simbiótico con las abejas, para que viajen conmigo y se encarguen de absorber toda la glucosa de mis alimentos antes de comerlos. También, le pregunté al mar si era posible que sus aguas saladas reduzcan la dulzura que corre por mis venas con algunos baños profundos y prolongados. O quizás, la forma de quitarme el exceso de dulce es ir por el mundo repartiendo abrazos y besos hasta empalagar —incluso— al ser más amargo del planeta.

Luego de superar el pánico, hablar con el médico sobre mi tratamiento y conocer mis restricciones de comida, me di cuenta de que solo se trataba de adaptarme a un nuevo estilo de alimentación más saludable, que podía manejar en un viaje. Tuve que desaprender ciertos hábitos y educarme sobre cómo sobrellevar mi nueva condición de salud, teniendo una vida más equilibrada con comida sana y ejercicio.

Así, por segunda vez en mi vida, me dije a mí misma que nada me iba a detener y empecé a planificar mi gran viaje a África, una nueva aventura que ahora iba a tener un alto componente retador. Leí mucho sobre la gastronomía de los países a donde iba a viajar e investigué al detalle la oferta de restaurantes de las primeras ciudades que planeaba visitar, revisando en Google Maps los menús para saber si tenían opciones saludables. También averigüé sobre la venta de mis medicamentos, ya que para un viaje de 15 meses debía decidir si cargaba toda mi medicina o la iba comprando en el camino.

Probando comida sudafricana, con muchos vegetales para equilibrar mi dieta.

Luego de 8 meses en mi país (Perú) probando el tratamiento y habiéndome adaptado con el nuevo estilo de alimentación, estaba lista para empezar mi viaje. Así, el 15 de septiembre del 2023 tomé el vuelo de Lima a Río de Janeiro y luego de Sao Paulo a Johannesburgo (Sudáfrica), donde empezó mi aventura.

Solamente llevé medicamentos para 2 meses porque encontré que en Sudáfrica el costo era 3 veces más barato que en mi país, entonces decidí abastecerme allí. 

Así empezó mi viaje de un mes por Sudáfrica, donde pude probar comidas locales monitoreando mis niveles de glucosa con los alimentos nuevos. Conocí el Pap, un atamalado de maíz blanco que acompaña las comidas de varios países africanos.

A la izquierda el Pap, ese atamalado de maíz que tiene diferentes versiones y nombres dependiendo del país. Es el acompañamiento más común en las comidas africanas.

Han pasado 7 meses viajando en África y he vivido una montaña rusa con mis niveles de glucosa, ya que en algunos lugares ha sido difícil conseguir algunos productos que necesitaba para mi dieta, como el pan integral y frutas bajas en índice glucémico. Pero, definitivamente, cada reto es una oportunidad para desarrollar creatividad, así que he inventado formas de mantener mi alimentación saludable y ahora llevo un buen control de mi glucosa.

Este es mi primer viaje como “sugar mommy”, porque decidí tomarme mi condición de salud con humor y positivismo. Entonces, no soy una mujer viajera y diabética, sino un caramelito con brazos y piernas cargando una mochila llena de dulces ilusiones y recuerdos exquisitos, repartiendo en el camino historias de viaje que endulzan el alma y despiertan un apetito voraz por explorar el mundo.  

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