Para una mujer que viaja sola, visitar el continente africano es la prueba final para graduarse como Máster en Retos Viajeros. En mi caso, obtuve un título con menciones en Filosofía de la Paciencia y Antropología psicológica de la Resiliencia. (Quédate hasta el final de esta historia para entenderlo)
África es la región menos visitada en el mundo, porque es allí donde todos dicen que te vas a enfermar o ser secuestrada por una guerrilla. «¿Para qué vas a viajar a un lugar donde solo hay pobreza, hambre y nada interesante para ver?«, me repetían. Y como siempre, no les hice caso.
Gracias a mis experiencias viajeras he aprendido que cada persona debe vivir su propia aventura para sacar sus conclusiones, entonces mis oídos se tapan cuando escuchan opiniones de aquellos que no han viajado y repiten los prejuicios generados por las noticias. Tampoco viajo para solo tomarme fotos en lugares bonitos, sino para descubrir la realidad de los países que visito.
Para este viaje —en particular— he tenido que adiestrar a mis miedos y entrenar a mi mente con ejercicios de poder. Antes de partir, me preparé con clases de defensa personal y descubrí que, no es necesario llegar a una lucha física cuando es posible defenderse con la actitud, demostrando que como mujer no soy inferior ni sumisa. Aprendí a enfrentarme con la mirada y la energía invisible de mi fuerza interior.

Mi viaje africano comenzó en una ciudad considerada entre las más peligrosas en el mundo: Johanesburgo en Sudáfrica, donde pude sentir el peligro en las intensas recomendaciones de la gente local pero no en la realidad. Exploré la ciudad con mucha precaución, usando Uber como medio de transporte y evitando andar sola por la calle de noche. Luego de esta visita, todo fue pan comido, en cuanto a seguridad.
Mi ruta viajera siguió hacia las islas en el Océano Índico, donde me encontré con realidades tan opuestas: la vida rural y precaria en Madagascar, el confort e infraestructura europea en La Reunión, y el paraíso de playas en Mauricio con una fusión cultural increíble entre África, India y China. Viajar entre estas islas fue costoso por el transporte aéreo, pero si ya estaba cerca de allí, tenía que hacerlo.
Cada país africano tiene una realidad y economía distinta, entonces les recomiendo no cometer el error de pensar en África como si fuera todo igual, ya que es un continente inmenso con 54 países, tan diverso y lleno de contrastes.
Luego de mi viaje de 2 meses por las islas, regresé al continente para continuar con mi plan de recorrido de sur a norte. Así llegué a Botswana, el destino popular para los safaris; un país muy seguro pero costoso. Después, me convencieron de visitar Zambia y fue una gran sorpresa: económico, tranquilo, bonito y hospitalario. Enseguida, llegó el momento de marcar un hito en mi vida viajera, cuando pisé el suelo de Zimbabwe: mi país #50, donde celebré con un paseo en helicóptero para contemplar las cataratas Victoria desde una perspectiva diferente.

En este punto que ya llevaba 5 meses viajando, me empecé a sentir cansada físicamente, entonces regresé a Sudáfrica para descansar y realizar los chequeos médicos, que como diabética, me correspondían. Me quedé 3 semanas en Johannesburgo y esta segunda vez disfruté mucho, sintiéndome como en casa y elegiéndola entre mis ciudades favoritas.
Los sudafricanos me hablaron tantas maravillas de mi siguiente país que fue inevitable crecer mis expectativas. Por ello, cuando llegué a la capital de Mozambique —Maputo— desde el avión me enamoré a primera vista; y cuando me acerqué, pude sentir que había un sentimiento recíproco. La alegría y carisma de los mozambiqueños era tan auténtica como increíble. Su portugués, lo suficientemente calmado como para entenderlo y aprender a hablarlo. Y su gastronomía, me volvió adicta a sus sabores. En migraciones solo me dieron la visa para 30 días, que quedaron tan cortos frente a mis ganas de querer instalarme. Es que hay lugares a donde quieres volver de turista y otros donde quieres quedarte a vivir.
Mozambique dejó la valla tan alta, que mi siguiente destino, Malawi, tuvo que esforzarse mucho por brindarme experiencias inolvidables. Retó a mi paciencia al máximo nivel, en su intento de enseñarme a andar sin mirar el tiempo. Me ofreció paisajes de ensueño, para ayudarme a superar mi ruptura temporal con el país vecino. Y me convenció de que, cuando algo no tiene solución —como la ineficiencia de su sistema de transporte público— el no quejarse es lo más saludable.

Con toda honestidad, salir de Malawi —después de un mes— y llegar a Tanzania, representó un alivio para mi mente y mi capacidad de tolerancia. Aquí, ya había acumulado 8 meses de viaje y era el momento de hacer una pausa prolongada. Todo marchaba según lo planificado. Visité algunas ciudades icónicas y me instalé un mes en la isla de Zánzibar, donde me perdí entre el encanto de sus laberínticas calles y los colores profundos de sus playas. Pero la experiencia más esperada de este viaje, estaba reservada para el final: mi voluntariado de un mes con niños en Arusha, que logró una misión casi imposible: despertar a mi instinto maternal. Mi niña interior estaba tan feliz jugando con ellos, que la despedida no fue solo un reto de desapego sino un duelo doloroso.
A Tanzania no fui capaz de decirle adiós, sino un hasta luego. Me despedí con un saludo lejano al monte Kilimanjaro, una aventura de safari en el parque Serengueti y una visita a la emblemática comunidad de chimpancés del parque Gombe.
Tras 3 meses en Tanzania, estaba recargada y lista para continuar. Tomé un mini bus para cruzar la frontera con Burundi, considerado el país más pobre del mundo. Como allí es casi nula la existencia de turistas, la gente local me observaba con asombro como si tuvieran a un ser de otro planeta en frente. Así fue mi proclamación oficial como mzungu, la palabra que usan en África para referirse a una persona blanca. A pesar de las incansables explicaciones sobre mi país de origen y mestizaje, siempre fui una mzungu para ellos.

Burundi es un país pequeño igual que su vecino Ruanda. Son como unos hermanos gemelos que fueron criados por padres distintos. Por eso, cuando llegué al aeropuerto de la capital ruandesa, pensé que me había teletransportado a un país europeo. Tanto orden, seguridad y limpieza era de no creer, cuando ya has explorado 10 países africanos.
A esta altura del viaje, ya empezaba a ver a todos los países iguales, culturalmente. Mi capacidad de asombro y motivación estaba debilitada. Entonces, decidí hacer un ajuste a mi plan inicial y terminar mi aventura africana en Kenia, luego de la caminata en el Bosque Impenetrable de Bwindi (Uganda) habitado por los gorilas de montaña, que fue mi regalo de cumpleaños.

Qué difícil es continuar mi narración en esta etapa, porque en un escenario que tuvo un 90% de probabilidad, no estaría viva para contarlo. Yo, que estaba entrenada para defenderme, fui atacada salvajemente por un mosquito con malaria que me llevó al borde de la muerte. Nos enfrentamos en el ring de una cama de hospital en la capital de Uganda (Kampala), donde luché con todas mis fuerzas y logré vencerlo en el último round. Sin embargo, quedé tan herida que estuve hospitalizada 37 días. “Gracias” a esta experiencia, pude conocer la esencia más pura de la humanidad en el cariño genuino de extraños, que me ofrecieron ayuda y cuidados cuando más los necesité.
Descubrí que, puedes darle la vuelta al mundo visitando lugares espectaculares y conociendo a miles de personas, pero cuando estás vulnerable, nada puede ser mejor que tu país y tu gente. El vuelo más esperado en mi vida siempre será Kampala – Lima; y la comida más sabrosa del planeta es la de mi madre, que está sazonada con mucho amor.

Mi primer viaje en África será insuperable, porque me dio la oportunidad de renacer y ser una mejor versión de mí misma; ya que cuando te enfrentas al miedo mayor del ser humano que es la muerte, es imposible que algo en la vida te vuelva a detener, te asuste o te hiera. Te sientes grande, invencible y poderosa. Tu vida empieza a fluir, incluso si vas en sentido contrario, porque ahora puedes vibrar más alto y trascender hacia lo más profundo de tu universo interior.
África me puso las pruebas más duras para valorar lo que tengo y reordenar mi jerarquía de necesidades esenciales para vivir con bienestar. Me adoptó como su hija, dándome la oportunidad de renacer en su territorio. Me borró la memoria, para vivir conectada con el presente y disfrutando del ahora. Me quebró las piernas, para aprender a caminar al ritmo pole pole (poco a poco, sin prisas) y sin mirar el tiempo. Me quitó la voz, para empezar una nueva vida cantando en lengua swahili Hakuna Matata: “nada que temer, sin preocuparse es como hay que vivir”. Y me regaló una cicatriz en el cuello, para siempre recordar lo fuerte que soy.

El 2025 será un año especial porque tendré que celebrar mis 2 cumpleaños: los 40 de mi vida pasada como latinoamericana (agosto) y mi primer añito de mi nueva vida como africana (septiembre).
Gracias por leerme y recuerda que: un problema de salud puede ocurrir en cualquier lugar en el mundo, incluso en tu casa. Si a mí me pasó —después de 14 años viajando sola— no significa que te va a suceder lo mismo.
Viajar es una aventura y cada persona debe vivir su propia experiencia.
Mayra Elestina





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